Jaime Coello en letras del poeta Félix Luis Viera


Pifia del poeta sonorense Jaime Coello

Una lectura de Jaime Coello de principios del siglo XXI

Jaime Coello Manuell en la sala de lectura Max Rojas en la Casa de Cultura de Santa María Aztahuacán

(Ficción poética inédita de la versión preliminar del poemario La patria es una naranja, cortesía de mi socio Viera)

La señora Estela, gerente de una compañía de seguros, buscaba a alguien con quien aliviar su soledad (habitaba, sola, una casa inmensa que la soledad hacía más inmensa) arrullada únicamente por dos gatos y un canario.La señora Estela Ramírez era agente de una compañía de seguros y tenía la boca tan grande como si no tuviese fin, y lo senos vendrían a ser tan grandes como el fin que pudiese hallársele a la boca. Una tarde, la señora Estela Ramírez se encontró con el poeta Coello, no más que un cabal desconocido en la infinita ciudad de México y para quien esta urbe era desconocida.

Como tantas de sus conciudadanas, la señora Estela Ramírez, de treinta y ocho años de edad (al menos, ésta fue la edad que ella confesó) poseía una hermosa voz –algo así como si el jazmín, el clavel, tuvieran voz a dúo– y esto fue, sospecha Coello, quizás lo más amado que halló en ella. Y así surgieron las primeras discrepancias: la señora Estela –ya se ha dicho que trabajaba en una compañía de seguros– pretendía que el poeta gustara más de sus senos (una novela en doce tomos), del esplendor que aún subsistía en la piel de su vientre, de sus afilados ojos color café, de sus dientes con esa rotundidad de las pirámides, del aguacero en su vagina, del pozole que guisaba los domingos, que de su voz.

¡Un gran poemario de Viera!

En la versión final de La patria es una naranja  fue sustituído por Piba. Dictamen del poeta Jaime Coello.

Ya se ha dicho que ella tenía –aproximadamente– treinta y ocho años, y donde trabajaba; de modo que quizás fuese por esto último que nunca entendió el susurro del poeta, recién llegado a la tierra de ella y platicador de lunas y vagos presentimientos. Todo parece indicar que la señora Estela no buscaba amor, ni siquiera afecto; buscaba paliar la soledad con alguien del sexo contrario (quizá hasta con un policía). Quería otro plato –masculino– en la mesa y tres calzones de varón en la tendedera.

Buscaba asimismo, al parecer, la compañía sexual: si alguna vez reveló amar al poeta, fue en esos instantes en que se hallaba penetrada hasta más allá de los confines, mientras él libaba las atlántidas, sus senos, y ella, con su boca interminable, ululaba como si se le estuvieran cerrando todas las heridas.

Jaime Coello palidecía como una azucena que fuese el objeto sexual de una mujer (es decir, de la señora Estela) y comenzó por odiar al canario y a los dos gatos para, finalmente, aborrecer a la dueña como sólo se aborrece a las bombas.

La historia terminó cuando ella, una mañana, le dio al poeta cuatro órdenes (como si él fuera el soldado de la sargenta Ramírez), y en la tarde echó a un lado (con el gesto y la expresión de quien aparta de sí un orinal repleto) unos poemas recién escritos que él estaba revisando. Él, entonces, quedó en un duermevela y escuchó con cuánta ternura la agente de seguros trataba a Baldomero (el canario) y a César y Misha (los gatos).

Jaime Coello, con sus escasísimas pertenencias y su bolsa más bien abstracta, se fue a la mañana siguiente. Sin saber ni remotamente adónde iba.

Félix Luis Viera

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