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Carta del general Manuel Mondragón a Félix Díaz.

General Manuel Mondragon

Retrato del general Manuel Mondragón

En febrero de 1913, los generales Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz, en Tacubaya, se levantaron en armas junto a sus tropas y los estudiantes de la Escuela de Aspirantes al Ejército, de Tlalpan. Los estudiantes tomaron y perdieron Palacio Nacional. Los generales liberaron a otro general: Bernardo Reyes, preso en la cárcel militar de Santiago Tlatelolco y, poco después, a Félix Díaz, encarcelado en Lecumberri. Al final del conflicto, conocido como la Decena Trágica, sólo Díaz y Mondragón sobrevivirían a la insurrección.

Esta sublevación del Ejército mexicano es la reacción conservadora a la presidencia de Francisco I. Madero, es la contrarrevolución mexicana; la que finalmente detonaría la rebambaramba entre todos los generales revolucionarios. Lo que son las cosas, el verdadero ganón de esta contrarrevolución fue Victoriano Huerta, el general encargado de acabar con la revuelta.

Muy poco tiempo despúes, apenas algunos días antes de la boda de su hija, el general Manuel Mondragón, el artillero que había puesto a México en la vanguardia armamentista mundial y padre de Nahui Olín, era desterrado del país. La que sigue es la carta que le escribió , en el puerto de Veracruz a su compañero de armas, a quien liberó y por quien fue traicionado: Félix Díaz.

Félix Díaz y Manuel Mondragón

Manuel Mondragón le explica a Félix Díaz la estrategia en contra de Palacio Nacional.

CARTA DE MANUEL MONDRAGÓN
A FÉLIX DÍAZ
Junio 26, 1913

Veracruz, junio 26 de 1913.

Señor general Félix Díaz.
México, D. F.

Mi querido Félix:

Dentro de unos cuantos momentos zarpará el buque destinado a conducirme al extranjero, y por tal motivo puedo hablarle ya con absoluta claridad, sin despertar la sospecha de estar inspirado por la ambición política o por la rabia desbordante del fracaso. Me he esperado hasta el último ínstante a fin de no perjudicar el prestigio de su popularidad.

Cuando los periódicos anunciaron la ruptura del “Pacto de la Ciudadela”, entendí desde luego la turbia maniobra de Rodolfo Reyes; pero aunque la intriga se había urdido con el cordón de la más increíble ingratitud, preferí callar y me resigné abnegadamente a que sobre mí se descargaran todas las responsabilidades de la presente situación.

Pero ahora es distinto. Pronto abandonaré las playas de mi patria, y aun cuando me propusiese lo contrario, cualquier trabajo mío resultaría ineficaz. Por eso mis palabras, lejos de tener finalidad política, son únicamente la expresión dolorida de “quien tiene sabor amargo en la boca” y da libre curso al justiciero resentimiento que lo embarga.

¿Resentimientos con Huerta? No, amigo mío. El Presidente hizo su movimiento aparte el 18 de febrero, y por esta causa no tenía el deber de acompañarme al precipicio. Mis quejas van únicamente contra aquellos que, beneficiados por mí, no han vacilado en sacrificarme en aras de su interés personalísimo y de su conveniencia particular.

Usted, amigo Félix, estaba ligado por dos pactos: el del general Huerta que autorizó usted con su firma, y el mío; que selló únicamente con su honor. El primero podía usted romperlo de acuerdo con el Presidente. El segundo era de aquellos que no se pueden tocar sin convertir en añicos la gratitud y el pundonor.

Yo debí el Ministerio, no a usted personalmente, sino a la Revolución de la Ciudadela. Y a una misma Revolución debieron Rodolfo Reyes, la Cartera de justicia, y usted su salida de la prisión y su candidatura presidencial.

Ahora bien: ¿quién es el verdadero autor del movimiento revolucionario del 9 de febrero? ¿Usted o yo?… Que responda la opinión imparcial de la República.

Nadie ignora, amigo Félix, que yo fuí quien concibió primero el pensamiento de la Revolución; que yo mismo comprometí a la oficialidad; que yo asalté los cuarteles de Tacubaya y formé las columnas que se dirigieron a la Penitenciaría y al Cuartel de Santiago; que yo igualmente abrí las bartolinas en que se encontraban el general Reyes y usted; que yo puse a ustedes dos en libertad; que yo, por fin, después del desastre frente al Palacio Nacional, ocasionado por el impulsivismo de Reyes, y la impericia de usted, reuní la fuerza dispersa y ataqué la Ciudadela, logrando su inmediata rendición.

En la fortaleza, yo dirigí la defensa, con una constancia que pueden atestiguar todos los revolucionarios. Yo construí parapetos, abrí fosos, levanté trincheras y dirigí todas las operaciones militares. En una palabra: yo fui el todo durante los días de la Decena Trágica, y la historia dirá tarde o temprano, que hasta el 18 de febrero mi figura fué la primera, por no decir la única, saliente en la Revolución.

En esa fecha estalló otra Revolución militar, fuera de la Ciudadela, y como derrocara al Gobierno del señor Madero, vino como consecuencia un Pacto de las dos Revoluciones. ¿Por qué firmó usted ese Pacto y no yo, como justamente correspondíame?

Por dos razones: la primera estriba en mi absoluta falta de ambiciones políticas; la segunda se basa en la convicción de que era usted agradecido; en la suposición de que teniendo usted plena conciencia de que toda su personalidad se había formado por actos míos, habría de acompañarme abnegadamente a la desgracia cuando se presentase, y al desastre, si alguna vez venía.

El general Huerta no me debía favores ni servicios de ninguna clase, y por lo mismo ha estado en su derecho para separarme del Ministerio, en el momento en que así le convino.

Pero usted y Rodolfo, no debieron consentir fría y pasivamente en ello, sin decidirse a retirarse conmigo de la cosa pública. Pero es curioso, amigo Félix, que Rodolfo y usted hayan roto el Pacto de la Ciudadela, con el exclusivo objeto de perjudicar a quien les había preparado la mesa.

En cambio, roto el Pacto, sigue el banquete. A mí me habría dolido salir del Ministerio de la Guerra en cualquiera circunstancia, porque el fracaso siempre es penoso; pero el salir empujado por aquellos a quienes yo encumbré, constituye una decepción inconsolable, que, nunca pude imaginar. ¿Que mi separación se imponía? Pues entonces, amigo Félix, “a jalar parejo” como dicen en mi pueblo. Sin embargo, ustedes se resolvieron a olvidar los antiguos servicios y sólo “barrieron para adentro”.

Usted sabe lo que conmigo se ha hecho, además de ser ingratitud, envuelve enorme falsedad. Yo no soy el único responsable del recrudecimiento de la guerra civil, los autores del presente estado de cosas, somos todos y principalmente usted, que careciendo de popularidad, se obstina en ser el próximo Presidente de la República. También se encuentra en primera línea de culpabilidad Rodolfo, que con sus constantes manifiestos, declaraciones e intrigas, no cesa en su trabajo funesto para la Patria.

Por lo demás, no debiera extrañarme la conducta inquieta del consejero que ha escogido usted. Si subió al Ministerio sobre el cadáver de su padre, nada tiene de particular que compre su continuación en él Gabinete con mi ostracismo político.

Pero usted, amigo Félix, debe detenerse en la peligrosísima pendiente en que resbala sin sentirlo. Ayer confió usted la dirección del órgano político a quien atacó con más encarnizamiento al señor general Porfirio Díaz. Hoy colabora en la expulsión del que forjó la personalidad que ostenta usted.

¿Qué fin se propone con estos manejos? ¿Cree usted que por tales escalones se asciende indefinidamente? No, amigo mío; el éxito no coincide nunca con la ingratitud.

Yo me retiro de la vida pública. El pueblo sabe ya que usted se separa de Mondragón, que le sirvió con riesgo de su vida, para ligarse con Zayas Enríquez, que ultrajó cruelmente al protector, al padre de usted.

Así es la vida, así es Rodolfo, así también ha resultado usted. Pero antes de partir, a fin de que usted perciba la diferencia entre su conducta y la mía, le recordaré que el 13 de junio, cuando escribí mi renuncia, usé esta palabra: solidaridad, que usted no conoce, o que por lo menos la olvidó al romper, no el Pacto dé la Ciudadela, sino el otro pacto, el no escrito, el celebrado bajo la fe de lealtad con quién tuvo el gusto de romper los hierros de su cautiverio y labrar el pedestal de su personalidad actual, y que hoy lo tiene sin rencores ni malos deseos, al sacrificarse obscuramente para atizar la llama agonizante de la casi muerta popularidad de usted.

Los ciudadelos originales

Los ciudadelos originales: Manuel Mondragón, Félix Díaz y los muchachos.

MANUEL MONDRAGÓN

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Nahui Olín en una revista de autos, con fotos de Antonio Garduño. Nautla, Ver.

En mayo de 1926, apareció en una revista hoy extinta: El Automóvil de México, una crónica del viaje que hicieron a Nautla, Veracruz, Nahui Olín, Antonio Garduño y Enrique Bert, con el pretexto de hacer una sesión fotográfica de María del Carmen en traje de baño.

Antonio Garduño fue un fotógrafo cuyos comienzos como profesional se remontan al inicio de la Revolución mexicana, de hecho toda su familia se dedicó de alguna manera a lo mismo. Él ya era un gran fotógrafo antes que Tina Modotti y Edward Weston llegaran al país. Quizá lo que lo ha condenado al ostracismo del olvido es haber hecho la primera sesión de fotografías de desnudo femenino en México, con Carmen Mondragón como modelo y curadora y expositora y anfitriona… De una exhibición que se realizó en la azotea de un edificio del Centro Histórico de la Ciudad de México conocido como la Casa de la Marquesa de Uluapa; en lo que es hoy el número 19 de la calle de 5 de febrero, propiedad de Toallas La Josefina. (En el link dice que el 18, pero ese número es una tienda, no la casa en sí) En ese entonces ya se había separdado de la segunda pareja relevante en su vida: Dr. Átl.

Luego de aquella exposición poco se sabe de El fotógrafo de las Novias, como se le conocía a Antonio Garduño, quien fue amigo, primero del general Manuel Mondragón y después de su hija, Carmen Mondragón, t.c.c. Nahui Olín.

Lo que sigue es el texto del Viaje a Nautla y fotografías de su publicación en el Automóvil de México.

Excursión a Nautla

Apuntes para el libro “El infinito en lo ínfimo”, próximo a publicarse

Foto tomada en una hemeroteca, del viaje de Nahui Olín y Antonio Garduño.

Para El automóvil en México

De acuerdo con lo convenido, muy de mañana pasó el entusiasta excursionista señor Enrique Bert, a recogerme a mi domicilio. Manejaba un hermoso Templar”, coche poco conocido entre nosotros, pues si apenas y existen tres en esta capital

A bordo del flamante auto iba el popular fotógrafo Antonio Garduño, perfectamente aprovisionado de aparato y y placas donde recoger gráficamente cuanto llamase la atención de nuestros ojos.

Acomodada en mi lugar, emprendimos la marcha con el gozo retratado en nuestros semblantes.

La mañana era despejada, luciendo en todo su esplendor el bello sol de las alturas. Entretenidos por la charla, continua y alegre, nos dimos cuenta del tiempo transcurrido cuando llegamos a Puebla, la que bien pronto abandonamos con dirección a San Marcos. En este pueblo pernoctamos, bien incómodamente por cierto, y una vez que amaneció reanudamos la marcha recorriendo caminos áridos y polvosos y pasando por pueblos cuya desolación y desamparo contristaron nuestras almas.

En Perote hicimos una escala impuesta por la necesidad de reparar las perdidas fuerzas. Comimos mal y de prisa, debido a que el frío reinante nos molestaba demasiado, continuando el itinerario trazado de antemano.

Garduño comenzaba a fastidiarse de su inactividad, pues cuanto habíamos recorrido sólo ofrecía paisajes de una vulgaridad desesperante, siendo lo peor que, a nuestro paso por Altotonga y otros pueblos verdaderamente encantadores, fuimos sorprendidos por una espesa neblina y por la noche, que cubrió con su negro manto los bellos rincones de aquellos poéticos contornos,

Gracias a la pericia de Bert, sorteamos los peligros de aquellos caminos, llenos de curvas y baches, y a cuyo borde se encontraban pavorosas barrancas.

Segunda página de la publicación original, con 6 fotos de Antonio Garduño.

Afortunadamente arribamos sin novedad a Teziutlán, importante población enclavada en plena serranía, que ofrece al tourista encantos naturales inenarrables. Fuimos recibidos por el señor Guerrero, importante industrial que posee magníficos talleres tipográficos y que, juntamente con el hacendado señor Zorrilla, llevaron a cabo la hermosa carretera que comunica esta región con Nautla.

Teziutlán cuenta con buenos hoteles, razón por la que pudimos descansar, durmiendo perfectamente. Muy temprano dejamos todos las amables sábanas, disponiéndose Garduño a impresionar unas placas con los encantadores paisajes de aquella pintoresca serranía que circunda al poblado, y Bert a inspeccionar su coche, alistándolo para la inmediata marcha.

Antes de media mañana nos reunimos para continuar el viaje, impacientes por gozar las sensaciones que al tourista ofrece esta privilegiada región, y amargados por el temor de que las vacaciones de semana santa, tan limitadas, no nos dejasen el margen necesario para cumplir con nuestro programa.

Abandonamos Teziutlán para descender en busca del mar. Pasamos por el puente de Conoquico y cruzamos bosques maravillosos. Atravesamos lugares de belleza increíble para quien no tenga la dicha de contemplarla. Y pensé en Zola, y en Víctor Hugo, y en Pereda, e invoqué a sus espíritus pidiendo que iluminaran el mío, cuando llegue la ocasión de darles forma a estos apuntes.

Una choza de carrizos semejantes al bambú, nos hizo notar que cambiábamos de panorama y de ambiente. El campo tomó otro color, dominando el de unas extrañas flores rojas. Momentos después

Otra foto de El Automóvil de México de mayo de 1926.

entrábamos en Tlapacoya, pueblo de calles accidentadas y casas pintorescas por la cantidad de colores que lucen en sus fachadas y tejados. La placita de este pueblo tiene el atractivo de encontrarse rodeada por naranjos en flor.

Descansamos tres horas de Tlapacoya. En este lugar hicimos amistad con Rosendo Montenegro, de origen italiano, curioso ejemplar de aventurero que, en la lucha por la vida, todo lo acomete y todo lo ejecuta, sin que haya obstáculo que no sepa vencer su despierta inteligencia y su actividad sin tasa. Hoy trabaja con el señor Plata, traficando con hielo y algunas otras cosas. Fueron nuestros invitados para comer “bobo”, y una banda de jazz band, propiedad del señor Plata, amenizó el acto, que resultó sencillamente encantador.

Montenegro y Plata, a bordo de un camión Reo, propiedad del segundo, se unieron a nuestra excursión, que fue reanudada poco después de haber comido. En el camión fue instalada la banda de jazz, que dejó oír sus alegres sones por toda la boscosa región que atravesábamos. Seguramente las fieras que la poblaban han de haberse sentido sorprendidas de que hubiese quien se atreviera a turbar ese silencio, no profanado sino por sus aullidos o por el melodioso susurro de la brisa.

Repentinamente divisamos unas torrecitas, blancas casitas de techos bajos, luces amarillas y una placita con su fuente central de agua cristalina. Era Martínez de la Torre, donde cenamos, improvisamos un cabaret con nuestro jazz y pasamos la noche dormitando, a ratos en nuestro automóvil.

Antes de que los rayos del sol rasgasen las tinieblas, emprendimos la caminata a los acordes del jazz que, naturalmente, nos tocó las mañanitas.

El Automóvil de México, mayo de 1926, página 22

Cruzando manglares y cafetos nos sorprendió la salida del astro rey, al llegar al Salto del Tigre. A la entrada de Los Mangos encontramos un grupo de estudiantes de medicina, cuyo Overland estaba atascado. Los estudiantes llevaban cerca de veinticuatro horas sin tomar alimentos, encontrándose perdidos y asustados. Después de auxiliarlos, atravesamos las sabanas del Pital, donde bailamos el charleston; cruzamos por la colonia francesa, bien atendida, en la que vimos casas primorosas, jardines, etc., y una generación que a las claras denunciaba el paso de los franceses cuando la Intervención. Aquellos ojos azules y cutis sonrosados no desmentían la procedencia.

Pasamos por Nautla, y en San Rafael comimos, siempre amenizados por el jazz.

Después seguimos el curso de un río que se ensanchaba hasta llegar a Chumanco donde, con una anchura de ciento cincuenta metros, desemboca en el mar.

Allí dispusieron las tiendas de campaña que ocuparon los hombres, dejándome a mí el automóvil como casa habitación.

Fue allí donde Garduño se entregó a un trabajo febril, siendo yo el personaje principal de los motivos que sirvieron para impresionar sus placas, según podrá verse en los grabados que aparecen.

Al día siguiente, emprendimos el regreso, sin otra novedad que al haberse atascado nuestro coche en mitad del Pital, viéndome en la necesidad de caminar a pie como diez y ocho kilómetros, acompañada

El cierre de la crónica de Nahui Olín.

del señor Guerrero.

De vuelta en Teziutlán, descansamos un día y tornamos al automóvil hasta Perote, donde abandoné a mis compañeros Garduño y Bert, para tomar el tren que me condujo a México, incorporándome al prosaísmo de la vida citadina.

Nahui Olin.

 

 

 

Bibliografía:

El automóvil en México. Mayo de 1926. Año XX, Número 89. Páginas 18, 19, 21-23.

Clasificación en la Hemeroteca Nacional:

HM

A587

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Hace 98 años en la Ciudad de México

Mondragón, Huerta, Díaz y Blanchet. Archivo Casasola.

El domingo 16 de febrero de 1913 los generales Manuel Mondragón y Félix Díaz lidereaban la contrarrevolución que acabó con la vida de Pancho Madero y llevó a Victoriano Huerta a la presidencia de los Estados Unidos Mexicanos… En realidad, este hecho conocido como la Decena Trágica, es el conflicto armado más cruento en el Distrito Federal desde la conquista de México-Tenochtitlán. Los militares se acuartelaron en la Ciudadela (hoy, la Biblioteca México), que en aquel entonces era la fábrica de municiones militar. De un libro de autor anónimo, encontrado por casualidad en el Archivo General de la Nación, son los siguientes extractos sobre los sucesos de aquel día. Dice lo siguiente:

“Algunas personas pudieron ver ese día Félix Díaz estaba tranquilo y confiado en el triunfo. A propósito de unas hojas anónimas que habían circulado la víspera, dictó a uno de sus ayudantes la siguiente protesta:

AL PUEBLO MEXICANO.

Ha llegado a mi conocimiento que han circulado anónimos de procedencia maderista, en que se dice que yo prefiero la intervención extranjera antes que se salve el gobierno maderista.

Soy patriota de convicción y abolengo, cualidades que no tienen mis cobardes detractores que se ocultan tras el anónimo.

El pueblo mexicano, por quien son todos mis esfuerzos, sabe que soy incapaz de anteponer nada a mi

Foto tomada del blog colectivo arteycallejero.blogspot.com

patriotismo.

Firmado: Félix Díaz.

Cuartel General del Ejército Revolucionario en la Ciudadela, febrero 16 de 1913.”

Díaz recibió en la misma fecha, por conductos ignorados, los siguientes mensajes:

“Nueva York, 10 de febrero. – Agradézcole contestación. Hoy publico sus telegramas. Trabajo activamente evitar intervención. – Firmado: Heriberto Barbón.

“París, 11 de febrero. – Prensa francesa reunida simpatiza con su causa. Adelante.”

“Chicago, 13 de febrero. – Ofrézcole tres millones dólares en simpatía causa. Suficiente garantía su actitud ejecutiva. Firmado: William Carper.”

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